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Arqueólogos incrédulos por presuntos hallazgos de piezas en “Ciudad Blanca”

Arqueólogos, especialistas y organizaciones sociales critican que se pretenda explotar las ruinas de “Ciudad Blanca”, por encontrarse en una zona de poco acceso a turistas; también tildan de “racista” postura del presidente Juan Hernández sobre la llamada “ciudad perdida del Dios Mono”. 

Por: Allan Yuhas / diario “The Guardian”

Una nueva expedición a las ruinas en la selva hondureña ha provocado escepticismo por arqueólogos y la destado la furia de los pueblos indígenas del país, que dicen que el abrazo del presidente Juan Orlando Hernández de una legendaria ciudad perdida del Dios Mono es “ofensivo, discriminatorio y racista”.

La semana anterior, Hernández fue en helicóptero al sitio, que fue visitada por primera vez el año pasado por varios arqueólogos con un equipo de National Geographic. Hernández mostró artefactos descubiertos en el lugar y dijo a periodistas que Honduras se vio obligado a proteger a su “patrimonio nacional”, para el turismo tanto como la historia.

“Nuestro país ofrecerá a precios bajos y (varios) términos de la arqueología de los mayas y de la Ciudad Blanca, la vida cultural de los garífunas, lenca, miskito y todos los otros pueblos nativos. Y también el sol, la arena y las playas “, dijo.

Chris Fisher, de la Universidad Estatal de Colorado (EE.UU.) y un arqueólogo de la National Geographic, dijo a (al diario británico) The Guardian que el sitio “ahora llamado la Ciudad del Jaguar y ellos se refieren a la región como la preservada Ciudad Blanca”. Fisher también advirtió de “mucha desinformación” en la prensa; primeros informes nacionales e internacionales han utilizado los nombres (del sitio) de manera indistinta.

La leyenda de la Ciudad Blanca se deriva en gran parte de Theodore Morde, un estadounidense excéntrico que le dijo en 1940 al New York Times que había encontrado una “increíble ciudad del dios mono”. Morde regresó de América Central con los artefactos y fantásticas historias, pero sin la más mínima prueba, desde entonces desalentador para arqueólogos y gente nativa.

“Toda la empresa me parece un despilfarro”, dijo el arqueólogo Geoffrey McCafferty a The Guardian. “Esto no es ‘terra incógnita’, pero ha sido objeto de anteriores investigaciones científicas”. El profesor de la Universidad de Calgary (Canadá), que en la actualidad que hace la investigación en la vecina Nicaragua, señaló que hay cientos de sitios similares en la región, la mayoría de alrededor de 1000 a 1500 dC y construidos por personas no mayas. Sin embargo, los artefactos mostrados hasta el momento no son inusuales, dijo McCafferty: “Si alguna información arqueológica viene de él, fabuloso. Pero esto no va a reescribir la historia”.

Incluso arqueólogos entusiasmados con la nueva investigación, se aturdieron por la expedición, que ha mantenido en secreto la ubicación y no revelado ningún plan sobre el futuro de las piezas. Ninguna de las organizaciones que participan en la excavación –el Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH) y National Geographic–, respondieron preguntas sobre el futuro del sitio.

Darío Euraque, un historiador en el centro universitario Trinity College en Hartford, Connecticut (EE.UU.), y el exjefe del IHAH, desestimó la misión: “Es irrelevante. Es publicidad”. Euraque dijo que desde el golpe de 2009 contra el presidente izquierdista Manuel Zelaya –y Euraque se vio obligado a dimitir del cargo–, el gobierno ha renunciado a un estudio serio o para la conservación de cualquier sitio que no atrae a los turistas.

Ciudad Blanca es accesible sólo por helicóptero o senderismo a través de un selvático departamento dominado por el narcotráfico, haciendo que el sitio de excavación sea una atracción poco probable. Euraque poco cree que Hernández comprometa millones para sostener la investigación, recupere la confianza arqueólogos, o incluso que se abran carreteras para acudir al sitio.

“Esto es como encontrar algunos de los principales restos arqueológicos en las montañas Adirondack (EE.UU.),” dijo Euraque, “y luego el presidente Obama vuela sin arqueólogos (de renombre), sólo con militares y en helicóptero. Y luego dice que vamos a construir un museo en Poughkeepsie”.

Cuando se refieren a las excavaciones, los arqueólogos no han invocado ninguna leyenda: para ellos los sitios son simplemente T1, T2 y T3. Pero el proyecto ha enfurecido a los nativos, al igual que la cooperación (hecha) con un presidente impopular con sus promesas de beneficios y puestos de trabajo.

Masta, una organización indígena misquita, denunció una serie de motivos a la misión, entre ellos, sobre el comentario de ciudades míticas y la idea que los sitios podrían ser “oficialmente descubiertos”.

“Ellos nunca se han perdido por los hijos de la Mosquitia”, escribieron en una carta los líderes de Masta. “Estamos totalmente en desacuerdo con la decisión arbitraria y unilateral del gobierno para explorar, excavar y transportar ilegalmente piezas arqueológicas”, señalaron los dirigentes de la organización.

Asimismo, añadieron, ” exigimos el respeto a los nombres de nuestros antepasados dieron este lugar sagrado para nuestro pueblo.”

Los más probables descendientes de la población que construyeron estas pequeñas ciudades, es el pueblo pech, según el antropólogo Chris Begley y geógrafo Mark Bonta, quienes han trabajado extensamente en la región.

“Hay una enorme cantidad de patrimonio que está a la espera de ser reclamado”, dijo Bonta.

A la mayoría nunca se les enseña acerca que poblaciones no mayas cruzaban la región, dijo. “Imagínese, que los griegos nunca hayan hablado del Partenón. Esta es la forma de tomar distancia de estas tierras, al decir que no pueden ser las personas que lo construyeron, por dejar de utilizar la jerga de la “Ciudad Blanca”. (Traducción hecha por la redacción de EL LIBERTADOR, respetando el fondo de la publicación realizada por el diario británico “The Guardian”).

Origen: http://www.web.ellibertador.hn/index.php/noticias/nacionales/952-arqueologos-incredulos-por-presuntos-hallazgos-de-piezas-en-ciudad-blanca

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Honduran Indigenous People Condemn Archaeological Project

We declare that the location of the sacred places of the Muskitia, as would be Ciudad Blanca, Apalka, Raiti, among others that still have not been “officially discovered”, never have been unknown to the children of the Muskitia, who have received that knowledge as a form of ancestral knowledge from our grandparents and so we assure the inviolability of these sacred places by looters.

The representatives of one of the largest indigenous groups in eastern Honduras have weighed in on the hottest Honduran news story of the new year; and their commentary should be blistering the skin of the President of the country and officials in the government responsible for management of cultural heritage.

The announcement was made by President Juan Orlando Hernández himself: a new expedition was headed to the archaeological site in eastern Honduras which was widely promoted last year as a newly discovered “lost city”, supposedly representing an “unknown civilization”, and identified with the traditional cultural heritage site of the Pech and Miskito people, called Ciudad Blanca in Spanish.

Hernández himself accompanied the new expedition, whose goal was described as to extract (sustraer) carved stone objects that had been observed on the surface– a typical pattern for the many sites professionally studied in the region. Among those commenting on the spectacle was the US Ambassador, James Nealon, who professed to be fascinated by the sculptures.

Speaking archaeologically, there is a well-understood history of interpretation of similar objects in sites documented across the region. They have actually been studied since the 18th century, as some of the earliest, if not the earliest, Honduran antiquities exhibited in the British Museum and contemplated by European scholars.

Last year, an international group of scholars (including the authors of this blog) raised concerns about the outdated presentation of archaeology in the original expedition. An open letter to the sponsor and original publisher of the reports stressed that the area is not abandoned, but is actually the territory of indigenous people who surely include the descendants of the site’s builders. These people, we warned, were effectively being erased from their own history and territory in the service of a more exciting story.

Now, the political representatives of one of these indigenous groups have weighed in on the new expedition– and they are not pleased. The full statement by MASTA–composed of twelve territorial councils of Miskitu people– shows that they are particularly disturbed that the expedition has not consulted with them, and that objects are being removed from their territory to a distant city.

But they also object to the presentation of the expedition as discovering a city unknown to them; and to the press giving the city a nickname they identify as “racist” and “denigrating”.

Repeatedly, the Miskitu statement emphasizes that this area is their ancestral territory. They were autonomous allies of Great Britain, and when Great Britain gave up its foothold on coastal Honduras, the treaty it signed with Honduras included guarantees that Honduras would respect Miskitu territorial rights. Yet, they repeatedly note, no one consulted with them.

Perhaps the most striking thing in the statement is the use of the term looting for the current expedition, undertaken without consultation. For the Miskitu people, these sites, they say, are sacred, are a patrimony, and the knowledge of their locations and the responsibility for the protection has been a legacy.

That last may seem like a grand claim, except that it is true: the remarkable presence, visible on the surface, of dozens of great works of stone sculpture at archaeological sites in the Mosquitia seems incredible, even to experienced archaeologists who aren’t familiar with this area of Honduras. Why have they not been looted before? The local people know they are there– that is how archaeologists have been led to sites for decades. But the local indigenous people have left them in place.

And now, the government of Honduras is removing them as a staged spectacle intended to promote tourist visitation. But the Miskitu people are not letting this happen without fighting back. They are demanding the implementation of an indigenous model of management and protection; they specifically condemn the example of Copan, where indigenous people have no voice in management of the site created by their ancestors. They demand museums in their territory to conserve their material heritage, and training in anthropology and history to facilitate their management of these sites in accordance with their own world view.

And they label as unauthorized any publication of the works being removed from the site without their permission.

This is not how archaeology is supposed to go in the 21st century, where the watch words are community engagement and collaboration. In 19th century archaeology, no one paid attention to local people, certainly not to indigenous people, but that changed in the second half of the 20th century. When 21st century expeditions recreate 19th century practices, indigenous people know their rights, and no longer stay silent.

Here’s our translation of the full statement:

We, the children of the Muskitia, constituted in 12 representative Territorial Councils and the social base of MASTA, based on our respect for the spiritual, ancestral, and cultural heritage of our ancestors; aided by Article 346 of the Constitution of the Republic of Honduras; Articles 2, 3, 4, 6, 7, 15 and 35 of ILO Convention 169 on Indigenous and Tribal Peoples in Independent Countries; Articles 3, 4, 11, 12, 25 and 26 of the Declaration of the UN on the Rights of Indigenous Peoples; Article 8J of the Convention on Biodiversity, the framework that constitutes the principles of international law recognized by the international community and that Honduras adopted through Article 15 of the Constitution of the Republic; by this means COMMUNICATE to the national and international community concerning the case of the so-called “Ciudad Blanca”, on the following points:

First: The State of Honduras received the territory of the Honduran Muskitia from the United Kingdom of Great Britain, through the signing of the Cruz-Wyke treaty celebrated in the city of Comayagua, in the month of December of 1859, in which the government of Honduras made a commitment not to violate the ancestral territorial rights of the Miskitu People (see Article III of the Cruz-Wyke Treaty).

Second: The government of Honduras, with the support of the National Geographic, has carried out the identification of the geographic location of Ciudad Blanca, also known as the lost city, and in mass media as the city of the “monkey king”. The location of the said “Ciudad Blanca” is encountered in the territory demonstrated on the map embedded in the first paragraph [of the PDF statement], recognized by the State of Honduras as the “Mosquito Coast”, territory pertaining historically and ancestrally to the Miskitu Indigenous People.

Third: The Government of the Republic has authorized, without consultation of the corresponding entities, the publicizing, excavation, and extraction of the archaeological objects encountered in the said city and that they then will be taken to some city in the department of Olancho. In none of the processes authorized by the government, referring to: the search, exploration, geographic location, excavation, extraction and movement to another site, have the Indigenous People of the Muskitia been consulted, demonstrating a failure of interest by the government in respecting the rights of the original peoples in a process of prior consultation for their consent, as is established in the Biocultural Protocol of the Miskitu People.

Fourth: We indigenous peoples, historically have been the object of constant violations of our rights by foreign interference, a product of the lack of clear and effective regulatory policies of the government relative to the protection and preservation of the inventions, patents, authorial rights, traditional practices and security of the indigenous population. A documented example is the case of the massacre of women in the community of Awas by the DEA in 2012.

On the basis of everything explained above, and in the framework of the rights of the Indigenous People of the Honduran Muskitia, we, the children of Tunkur, Truksulu, Waylang and Miskut, in the full enjoyment of our rights, communicate before the national and international community the following:

1. We demand the application of Article III of the Cruz-Wyke Treaty, which established that “the Government of Honduras will respect the possession of whatever land the Mosquito Indians have in the territory called the Mosquito Coast” (See annex: Cruz-Wyke Treaty).

2. We declare that the location of the sacred places of the Muskitia, as would be Ciudad Blanca, Apalka, Raiti, among others that still have not been “officially discovered”, never have been unknown to the children of the Muskitia, who have received that knowledge as a form of ancestral knowledge from our grandparents and so we assure the inviolability of these sacred places by looters.

3. We demand the application of the international agreements related to the process of prior consultation, free and informed, by the Muskitia, with the goal of formalizing a model of protection and conservation proposed by the Indigenous People. We do not want to have succeed in the various sacred sites of the Muskitia what has occurred in the Ruins of Copan.

4. We demand the creation of indigenous museums in the Muskitia, in sites duly and conveniently identified by the Miskitu People, where archaeological objects that are part of our sociocultural, historic, and present patrimony can be kept and promoted.


5. We demand that the Government of Honduras, that the National Geographic and/or any institute or university respect the ancestral rights of the Miskitu People, denying authorization for any publication in any medium, relating to the sociocultural patrimony, without the required consent of the Miskitu Indigenous People by means of its representative organization.

6. We demand of the Government of Honduras, the development of local community capacity in the area of anthropology or history for the management of the Miskitu sociocultural riches and patrimony.

7. We clarify for the Government of Honduras, that the Muskitia has a millenial history related to its own culture, values, traditions, and natural riches; these form part of the patrimony and ought to be given protection, conservation, and traditional use for their continuity (for their natural and spiritual coexistence).

8. We demand of the Government of Honduras, the creation of a bureau concerning matters of anthropology, rights of authorship, traditional and innovative practices, with the full and effective participation of the Miskitu people, in keeping with the worldview of the miskitu people and in compliance with Decree No. 262-2013 in the framework of the Plan de Nacion. 

9. All the administrative or legislative decisions about the development of any activity in the territory of the Muskitia should be in full compliance with the commitments acquired before the international community which are: the declaration of the UN on the Rights of Indigenous Peoples; the ILO Convention 169 on Indigenous and Tribal Peoples in Independent Countries; the Convention on Biological Diversity; the Nagoya Protocol; the Directive Akwe-Kon; Directive of the UN about the free consent, prior and informed; the recommendations of UNESCO about the conservation of the Reserva del Hombre and Rio Platano Biosphere, among others.

In conclusion, and in consequence of the above described:

We, the children of the Miskitu Indigenous People, declare ourselves totally in disagreement with the arbitrary and unilateral decision of the Government of the Republic, concerning the exploration, extraction, and illegal transfer of archaeological objects of Ciudad Blanca; so that, we demand the immediate return of the archaeological objects looted from our sacred site called “Ciudad Blanca”. At the same time we demand the respect for the names that our ancestors gave to this sacred site for our people, and we energetically reject the term city of the “monkey king”, which has resulted from the recent investigations, a name that we see as denigrating, discriminatory and racist, in detriment to our miskitu people. 

With the authorized representation of the Miskitu People, we publish the present communique, with the formulation in Auhya Yari, on the 13th day of the month of January of the year 2016.

Origen: http://hondurasculturepolitics.blogspot.ch/2016/01/honduran-indigenous-people-condemn.html

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Honduras: La Ciudad Blanca o la ciudad perdida del Dios Mono

Escrito por Redacción | Noviembre 5 del 2015
Tegucigalpa, Honduras (Conexihon).-

El 18 de febrero de 2015, un helicóptero militar despegó de una pista aérea desvencijada cerca de la ciudad de Catacamas, Honduras, hacia las montañas de La Mosquitia. Abajo, las granjas poco a poco cedían el paso a soleadas pendientes pronunciadas, algunas cubiertas por una selva tropical ininterrumpida, otras parcialmente deforestadas por la ganadería.
El piloto se dirigió hacia un desfiladero en forma de V, en una cima lejana. Más allá se encontraba un valle rodeado de picos dentados: un inmaculado paisaje de esmeralda y oro, salpicado con las sombras flotantes de las nubes. Bandadas de garcetas volaban debajo y las copas de los árboles se agitaban con el movimiento de monos invisibles. No había señales de vida humana: ningún camino ni sendero, ni atisbo de humo.
El helicóptero se ladeó y descendió en busca de un claro a la orilla del río. Entre quienes bajaron del helicóptero estaba un arqueólogo llamado Chris Fisher. El valle se encontraba en una región de la que hacía mucho se decía que albergaba la “Ciudad Blanca”, ciudad mítica construida con piedra blanca, también conocida como la Ciudad Perdida del Dios Mono. Fisher no creía en las leyendas, pero sí que el valle, conocido por él y sus compañeros simplemente como T1, albergaba las ruinas de una ciudad perdida real, abandonada hacía por lo menos medio milenio. De hecho, estaba seguro de

ello.
Armadillo Tallado
El armadillo de piedra, proveniente de La Mosquitia, contribuyó a inspirar al coleccionista George Gustav Heye para que enviara a Theodore Morde y otros a buscar una legendaria ciudad blanca escondida en la selva en los años treinta y cuarenta del siglo xx. Morde regresó con objetos que incluían las estatuillas de cerámica que se ven aquí y con noticias, nunca confirmadas, de que habían encontrado la ciudad.
La región de La Mosquitia de Honduras y Nicaragua contiene la selva tropical más grande de Centroamérica, la cual cubre unos 50 000 kilómetros cuadrados de vegetación densa, pantanos y ríos. Desde arriba puede parecer acogedora, pero cualquiera que se aventure en ella enfrenta una infinidad de peligros: víboras mortales, jaguares hambrientos e insectos nocivos, algunos de los cuales transmiten enfermedades potencialmente letales. La persistencia del mito de una ciudad blanca escondida se debe en gran parte a la naturaleza inhóspita de esta tierra virgen.
No obstante, el origen de la leyenda es oscuro. Exploradores, buscadores y los primeros aviadores decían vislumbrar las murallas blancas de una ciudad en ruinas que se erguía por encima de la selva; otros repetían historias de ciudades inmensamente ricas escondidas en Honduras, registradas por primera vez por Hernán Cortés en 1526. Algunos antropólogos que pasaron un tiempo con indígenas misquitos, pechs y tawakhas de La Mosquitia oyeron historias de una “Casa Blanca”, refugio donde los indígenas se resguardaban de los conquistadores españoles y nunca más los volvían a ver.
La Mosquitia está en la frontera mesoaméricana, junto al territorio de los mayas. Mientras estos son de las culturas antiguas de América más estudiadas, los habitantes de La Mosquitia están entre los más misteriosos. Con el tiempo, el mito se convirtió en parte de la conciencia nacional hondureña. Hacia los años treinta del siglo xx también había capturado la imaginación del público estadounidense. Se emprendieron varias expediciones para encontrar la ciudad, entre ellas tres del Museo de los Indios Americanos en Nueva York, financiadas por George Gustav Heye, coleccionista ávido de objetos de indígenas americanos. Las dos primeras regresaron con rumores de una ciudad perdida donde había una estatua gigante de un dios mono que estaba esperando ser desenterrada.
La técnica Lidar ayudó a los investigadores a descubrir asentamientos antiguos en tres valles de Honduras habitados por una cultura poco conocida en el este de Mesoamérica. La región, rodeada de valles, fue designada más tarde Reserva de la Herencia Patrimonial de La Mosquitia.
La tercera expedición del museo, dirigida por un periodista excéntrico llamado Theodore Morde, desembarcó en Honduras en 1940. Morde salió de la selva cinco meses más tarde con cajas llenas de objetos. “La Ciudad del Dios Mono estaba amurallada –escribió Morde–. Seguimos una muralla hasta que se desvaneció bajo montículos que tenían toda la evidencia de alguna vez haber sido grandes edificios”. Morde se negó a revelar la ubicación, por temor, dijo, al saqueo, pero prometió regresar al año siguiente para empezar las excavaciones. Nunca lo hizo y, en 1954, se ahorcó. Su ciudad, si es que alguna vez la la hubo, permaneció sin identificar.
En las décadas siguientes, la arqueología en La Mosquitia se vio obstaculizada no solo por condiciones difíciles, sino también por una creencia generalizada de que los terrenos de la selva tropical de Centro y Sudamérica eran muy pobres como para sostener nada más que cazadores-recolectores dispersos, demasiado pobres como para mantener la agricultura necesaria para desarrollar sociedades jerárquicas complejas Esto era cierto a pesar del hecho de que, cuando los arqueólogos empezaron a explorar por primera vez La Mosquitia en los años treinta, descubrieron algunos asentamientos que sugerían que la zona había estado ocupada alguna vez por una cultura compleja muy extendida, nada sorprendente considerando que la región se localiza en la confluencia entre los mayas y otras culturas mesoamericanas hacia el norte y el oeste, y las poderosas culturas de la familia lingüística chibcha hacia el sur.
Los pobladores de La Mosquitia incorporaron aspectos de la cultura maya y diseñaron sus ciudades con un estilo vagamente maya. Quizá adoptaron el célebre juego de pelota mesoamericano, una contienda ritual que a veces involucraba sacrificios humanos. Pero su relación exacta con sus vecinos imponentes se desconoce. Algunos arqueólogos han propuesto que un grupo de guerreros mayas de Copán podría haberse apoderado de La Mosquitia. Otros piensan que la cultura local sencillamente adoptó las características de una civilización contigua impresionante. Una distinción importante entre las dos culturas fue la elección de materiales de construcción por parte de los pobladores de La Mosquitia.
No hay pruebas hasta ahora de que hayan utilizado piedra tallada para construir sus edificios públicos en lugar de piedras de río, tierra, madera, zarzos y barro. Cuando estos edificios se decoraban y pintaban, es posible que hayan sido tan extraordinarios como algunos de los grandes templos mayas. Pero, una vez abandonados, se disolvieron por la lluvia y se echaron a perder, dejando montones de escombros y ruinas poco impresionantes. La desaparición de esta arquitectura espléndida podría explicar por qué esta cultura permaneció tan “marginalizada”, según Christopher Begley, quien llevó a cabo estudios arqueológicos en la región de LaMosquitia. La cultura todavía está en estudio, hasta el punto de que aún no se le ha dado un nombre formal.
La piedra resultó ser una de las 50 piedras planas que cercan una plaza, los primeros elementos arquitectónicos descubiertos en el sitio. Su propósito todavía se desconoce.
“Hay mucho que no sabemos acerca de esta gran cultura”, me dijo Oscar Neil Cruz. Neil es el jefe de arqueología del Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH). “De hecho, lo que no sabemos es casi todo”. cualquier cosa es posible. A mediados de la década de los noventa, un director de documentales llamado Steve Elkins se sintió cautivado por la leyenda de la Ciudad Blanca y se embarcó en un plan para encontrarla. Pasó años analizando informes de exploradores, arqueólogos, buscadores de oro, contrabandistas de drogas y geólogos. Ubicó en el mapa qué regiones habían sido exploradas y cuáles no. Contrató científicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro de NASA, para analizar enormes cantidades de datos Landsat e imágenes de radar de LaMosquitia en busca de señales de antiguos asentamientos. El informe del JPL mostró lo que podrían ser rasgos “rectilíneos y curvilíneos” en tres valles, que Elkins etiquetó como T1, T2 y T3, donde la “T” significa target [“objetivo” en inglés]. El primero fue un valle fluvial inexplorado rodeado por cerros que forman un cuenco natural.
“Simplemente pensé –comenta Elkins– que si yo fuera un rey, este sería el lugar perfecto para ocultar mi reino”. Pero las imágenes no fueron concluyentes; necesitaría una manera mejor de ver a través del denso dosel de la selva.
Entonces, en 2010, Elkins leyó un artículo en la revista Archeology que describía cómo se utilizó una técnica llamada Lidar (acrónimo del inglés light detection and ranging, detección por luz y distancia) para levantar un mapa de la ciudad maya de Caracol, en Belice. El Lidar funciona al hacer rebotar cientos de miles de impulsos de rayos láser infrarrojos por la selva tropical y luego registra la localización de cada reflexión. La “nube de puntos” tridimensional se puede manipular con software para eliminar los impulsos que impactan árboles y matorrales, dejando una imagen compuesta únicamente de puntos que llegan al terreno subyacente, incluidos los contornos de restos arqueológicos. En solo cinco días de escaneo, el Lidar reveló que Caracol era siete veces más grande de lo que se había pensado después de 25 años de investigaciones de campo.
Una desventaja del Lidar es su costo. La medición de Caracol se llevó a cabo por el National Center for Airborne Laser Mapping (NCALM). Costaría un 250 000 de dólares que el NCALM escaneara únicamente los 143 kilómetros cuadrados de los tres valles. Por fortuna, en esa época, el entusiasmo inmenso de Elkins por encontrar la Ciudad Blanca había contagiado a Bill Benenson, otro cineasta que decidió financiarlo él mismo. Los resultados iniciales fueron asombrosos. Al parecer había ruinas a lo largo de varios kilómetros del valle T1.
Un sitio del doble de tamaño era evidente en T3. Aunque las estructuras más grandes eran fácilmente perceptibles, un análisis más preciso de las imágenes requeriría el ojo de un arqueólogo experimentado en el uso del Lidar. Elkins y Benenson se dirigieron a Chris Fisher, especialista en Mesoamérica.
Los arqueólogos descubrieron un grupo de objetos de piedra, probablemente dejados como ofrenda. Este incluye jarras decoradas con imágenes de buitres y serpientes.
Así es como , en febrero de 2015,finalmente Chris Fisher terminó de pie a la orilla de un río sin nombre en T1, mirando el muro de selva al otro lado del río y ansioso por entrar en él. desde que fisher vio las imágenes Lidar quedó enganchado. Había utilizado la tecnología para trazar el mapa de Angamuco, una ciudad antigua del temible pueblo purépecha (tarasco) que rivalizó con los aztecas en el centro de México desde alrededor del año 1000 d. C. hasta la llegada de los españoles a principios del siglo xvi. Aunque las comunidades de las tierras altas de México en la América precolombina estaban pobladas densamente, las de los trópicos solían esparcirse por todo el territorio. Sin embargo, los sitios T1 y T3 parecían importantes; sin duda, los asentamientos más grandes localizados hasta ahora en La Mosquitia. El área principal de T3 era de poco menos de cuatro kilómetros cuadrados, casi el mismo tamaño que el área central de Copán, la ciudad maya localizada hacia el oeste. El centro de T1 era más pequeño pero más concentrado: al parecer consistía de diez plazas grandes, docenas de montículos asociados, caminos, terrazas agrícolas, canales de irrigación, una represa y una posible pirámide.
Debido a la arquitectura evidentemente ceremonial, los terraplenes y varias plazas, Fisher estaba seguro de que ambos lugares se ajustaban a la definición arqueológica de ciudad, un poblado que muestra organización social compleja. “Las ciudades tienen funciones ceremoniales especiales y están asociadas a la agricultura intensiva –me explica–. Por lo general implican una reconstrucción muy importante y monumental del entorno”. En su intento quijotesco por localizar una ciudad blanca mítica, Elkins y Benenson aparentemente habían encontrado dos ciudades antiguas muy reales.
Con la ayuda del gobierno hondureño, reunieron un equipo capaz de internarse en la selva para “validar en el campo” lo que las imágenes Lidar habían identificado. Además de Fisher, quien tenía más experiencia que nadie en el uso de dichas imágenes, el equipo contaba con otros dos arqueólogos –incluido Oscar Neil Cruz, del IHAH–, un antropólogo, un ingeniero especialista en Lidar, dos etnobotánicos, un geoquímico y un geógrafo. También estaba incluido el equipo de cámara de Elkins y uno de National Geographic. La logística era desalentadora; además de tener que lidiar con víboras, insectos, lodo y lluvia incesante, corríamos el riesgo de contraer paludismo, dengue y otras enfermedades tropicales.
El arqueólogo hondureño Oscar Neil Cruz cepilla cuidadosamente restos forestales de una piedra poco antes de entrar en las ruinas de La Mosquitia.
Para facilitar el camino, Elkins y Benenson habían contratado a tres ex oficiales del Servicio Aéreo Especial Británico que habían formado una compañía especializada en guiar y proteger equipos de filmación en zonas peligrosas. A ellos los descolgaron primero del helicóptero en el sitio, para que despejaran las zonas de aterrizaje y del campamento con machetes y motosierras, mientras el helicóptero regresaba a Catacamas para trasladar a Fisher y los demás. Andrew “Woody” Wood, líder del equipo de apoyo, me dijo: “Nunca había visto algo así. No creo que estos animales hayan visto seres humanos”.
Wood había elegido una terraza elevada detrás de la zona de aterrizaje como el sitio para el campamento base, entre árboles gigantes y accesible por un puente de troncos de madera, tendido sobre un lodazal y con una subida en terraplén. Debido al riesgo de encontrar víboras estaba prohibido que alguien saliera del campamento sin escolta. Pero Fisher estaba impaciente; acostumbrado al trabajo de campo peligroso, amenazó con ir a explorar por su cuenta. En las últimas horas de la tarde, Wood accedió a un reconocimiento rápido de las ruinas.
El equipo de avanzada se reunió a la orilla del río, vestidos con polainas contra víboras y repelente para los piquetes de insectos. Una unidad de GPS, en la que Fisher había descargado los mapas Lidar, mostraba su ubicación exacta en relación con las supuestas ruinas.
Después de consultar el GPS, Fisher le dio instrucciones a Wood, que se abría paso a machetazos entre matorrales de falsas aves del paraíso. La selva vibraba con el sonido de aves, ranas, sapos e insectos. Vadeamos dos lodazales –uno nos llegaba hasta el muslo–, subimos los riscos junto a la llanura aluvial y llegamos a la base de una prominencia empinada cubierta de selva, la orilla de la supuesta ciudad. “Vayamos a la cima”, dijo Fisher. Había comenzado la comprobación sobre el terreno.
Subimos la cuesta resbaladiza cubierta de hojas. En la cima, cubierta de vegetación espesa, Fisher señaló una sutil pero inconfundible depresión rectangular que él creía era el contorno de un edificio. De rodillas para poder ver mejor, Neil descubrió lo que parecía ser evidencia de una construcción de tierra apisonada, lo que apoyaba la interpretación de que se trataba de una pirámide de tierra. Fisher estaba extasiado. “Es tal como lo imaginaba –exclamó–. Todo este terreno ha sido modificado por manos humanas”.
Fisher y Wood condujeron al equipo para bajar de la pirámide a lo que Fisher esperaba que fuera una de las 10 “plazas” o grandes espacios públicos de la ciudad. Cuando entramos en ella, encontramos un tramo de selva tropical nivelado artificialmente, como una cancha de futbol. Estaba rodeada por montículos lineales en tres de sus lados: los restos de muros y edificios. Un barranco cortaba la plaza y dejaba expuesta una superficie pavimentada con piedras. Al cruzar la plaza, descubrimos en el lado más alejado una hilera de piedras planas a modo de altar, colocadas sobre trípodes de cantera blanca. Sin embargo, la vegetación espesa continuaba obstaculizando cualquier intento por apreciar el diseño o la escala de la antigua ciudad.
Regresamos al campamento con el sol a punto de ocultarse. Despertamos a la mañana siguiente y salimos a explorar otra vez. Escurrían alfombras de enredaderas y flores que colgaban. Rodeado por los árboles inmensos y los montículos silenciosos sentí que la conexión con el presente se esfumaba. Un clamor en las altas copas de árboles anunciaba el comienzo de un aguacero. No obstante, pasaron varios minutos antes de que el agua llegara al suelo. Pronto estábamos empapados hasta los huesos.
Fisher, empuñando su machete, caminó hacia el norte con Neil y Juan Carlos Fernández-Díaz, el ingeniero especialista en Lidar del equipo, para trazar el plano de otras plazas de la ciudad. Anna Cohen, candidata a doctora de la Universidad de Washington, y Alicia González, la antropóloga de la expedición, se quedaron atrás para limpiar la vegetación de la hilera de piedras.
Hacia la tarde, Fisher y su grupo regresaron después de haber trazado el plano de tres plazas más y muchos montículos. Todos bebieron una ronda de té caliente con leche. Wood ordenó regresar al campamento, preocupado de que el río pudiera haber crecido. El equipo partió en una sola fila. De repente, el camarógrafo Lucian Read, casi al final de la fila, exclamó: “Oigan, hay unas piedras extrañas por aquí”. En la base de la pirámide, apenas sobresaliendo del suelo, estaban los extremos superiores de docenas de esculturas de piedra bellamente talladas.
Entre los objetos encontrados está un rostro tallado –en parte jaguar, en parte hombre–, aproximadamente del tamaño de un puño. La excavación del sitio podría proporcionar indicios de una cultura antigua tan poco conocida que aún no tiene nombre.
Los objetos, que apenas se veían entre hojas y enredaderas y estaban cubiertos de musgo, fueron tomando forma durante el crepúsculo en la selva: la cabeza de un jaguar gruñendo, una vasija de piedra decorada con la cabeza de un buitre, grandes jarras talladas con serpientes y un grupo de objetos que parecían tronos o mesas decoradas, que los arqueólogos llaman metates. Todos los objetos estaban en perfectas condiciones, aparentemente intactos desde que fueron abandonados hace siglos. Hubo gritos de asombro. Las personas se amontonaban alrededor, chocando unas contra otras. Fisher se hizo cargo rápidamente y ordenó que todos regresaran y que la zona fuera acordonada. Pero estaba tan contento como los demás, quizá más. Aunque se conocían bien objetos similares de otras partes de La Mosquitia, la mayoría eran hallazgos aislados encontrados hace mucho tiempo por Morde y otros, o desenterrados y extraídos por lugareños o saqueadores. Con toda certeza, tales artefactos no se habían documentado. Había 52 objetos en el suelo y quién sabe cuántos más debajo de la superficie. “Esta es una exhibición ritual poderosa –dijo Fisher–, durante la cual se retiraban de circulación objetos valiosos como estos y se dejaban aquí, quizá como una ofrenda”.
En los días siguientes, el equipo de arqueólogos registró cada objeto del sitio. Mediante un dispositivo Lidar montado en un trípode, Fernández también escaneó los objetos para crear imágenes 3D de cada uno. Nada se tocó, nada se sacó; habría que esperar otro momento, cuando el grupo pudiera regresar con el equipo adecuado y el tiempo necesario, para hacer una excavación cuidadosa. mientras se escribían estas líneas, se planeaba, de hecho, otra expedición más extensa con el apoyo total del gobierno hondureño. Asolado por el narcotráfico y la violencia que lo acompaña, Honduras es un país pobre que necesita buenas noticias.
La Ciudad Blanca puede ser una leyenda, pero cualquier cosa que acerque esa historia a la realidad causa gran emoción; es un motivo de orgullo colectivo, una afirmación de la conexión de la gente con su pasado precolombino. Al tener conocimiento del descubrimiento de los artefactos, Juan Orlando Hernández, presidente de Honduras, envió al sitio una unidad militar de tiempo completo, para protegerlo de los saqueadores. Algunas semanas más tarde, voló en helicóptero para ver el sitio de primera mano y se comprometió a que su gobierno haría “cuanto fuera necesario” para promover no solo la investigación y la protección del patrimonio cultural del valle, sino también el patrimonio ecológico de la región circundante.
La investigación apenas ha comenzado. La mayor parte del valle T1 todavía no ha sido estudiada y las ruinas aún más extensas de T3 no han sido abordadas. Y quién sabe qué habrá debajo del dosel de la selva que cubre como un velo el resto de La Mosquitia En años recientes ha habido un cambio fundamental en la manera en como los arqueólogos creen que los pueblos precolombinos habitaron los territorios tropicales. Según la antigua manera de pensar, los asentamientos humanos escasamente poblados eran puntos en un terreno en su mayoría desocupado. De acuerdo con la nueva manera de pensar, los asentamientos estaban densamente poblados y había mucho menos espacio vacío entre ellos. “Incluso en este ambiente selvático remoto –apunta Fisher–, donde la gente no lo esperaría, había densas poblaciones –miles de personas– viviendo en ciudades. Eso es algo profundo”. Lo que aún nos falta aprender acerca de los antiguos habitantes de La Mosquitia es prácticamente ilimitado. Pero el tiempo que nos queda para aprenderlo podría no serlo.
Desde febrero, cuando salimos de T1 para regresar a Catacamas, en apenas unos cuantos kilómetros, la selva ininterrumpida dio paso a laderas desfiguradas por claros para la ganadería, desagradables parches raídos. Virgilio Paredes, director del Instituto Hondureño de Antropología e Historia, con cuyos auspicios operó la expedición, calculó que, al ritmo actual, la tala de árboles llegará al valle T1 en ocho años o menos, destruirá los posibles tesoros culturales y dejará otros expuestos al saqueo rampante. El presidente Hernández ha prometido proteger la región de la deforestación, así como del saqueo, en parte al establecer la Reserva de la Herencia Patrimonial de La Mosquitia, un área de aproximadamente 2,030 kilómetros cuadrados que rodea los valles estudiados con la técnica Lidar. Pero el asunto es delicado. Aunque la tala es ilegal, la ganadería es un beneficio económico y una tradición preciada.
Si los descubrimientos en T1 inclinan la balanza en favor de la conservación, entonces no importa si la Ciudad Blanca es real o un mito. Su búsqueda ha redundado en riqueza. Fuente: Reportaje de la revista National Geographic edición de Octubre 2015 sobre el descubrimiento de la ciudad perdida. Por Douglas Preston Fotografías de Dave Yoder

Origen: http://conexihon.hn/site/noticia/cultura/honduras-la-ciudad-blanca-o-la-ciudad-perdida-del-dios-mono

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